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Un sábado por la tarde un grupo de chicos y chicas ha quedado para salir. Cuando llegan al punto de la cita todas las conversaciones giran en torno al mismo tema: ¿hasta qué hora te dejan quedarte?

Como siempre, algunas personas tienen más suerte que otras, pero lo que es común a todas es que ninguna está contenta con la hora de regreso. Los horarios, la ropa con la que salen (sobre todo ellas), el dinero que piden... casi todo es un problema para sus padres y empiezan a estar un poco hartos de ello. No parece haber dudas sobre que no hay nada que hacer al respecto: es un problema de mayoría de edad y dinero en el bolsillo.

Uno de ellos no está de acuerdo, en su casa la presencia de dos hermanos mayores ha facilitado su camino. Inmediatamente surgen un sinfín de explicaciones y variantes sobre lo importante que es tener un tipo de padre o madre o un formato de familia u otro. Pero ¿es cuestión de suerte? Para casi todos sí.

La confianza en que un padre pueda sentarse a hablar de las cosas que desea hacer cada uno de ellos o que una madre reconozca que se equivocó al juzgar el grupo de amigos/as de su hija es muy pequeña o inexistente. En casa, cada cosa que se desea hacer es un problema. ¿Es un problema? Todos coinciden en señalar que los padres y las madres y, en general, todas las personas adultas tienen una idea sobre ellos distorsionada y equivocada y que así no se va a ningún sitio. Por lo que se disponen a olvidarse de ello y elucubrar cuál será el truco siguiente que utilizarán para llegar un poco más tarde.

¿Qué problemas concretos hacen tan difícil la convivencia con la gente adulta cuando se es adolescente?

¿Qué soluciones concretas damos a esos problemas?

¿En qué cosas específicamente nos cuesta más ponernos de acuerdo?

¿Por qué crees que pasa esto y de quién es “la culpa”?

¿Qué podemos trabajar sobre este tema?

¿Qué podemos trabajar sobre este tema?

Cuando somos adolescentes, casi siempre se repiten los mismos conflictos en las relaciones con el mundo adulto. Pero a menudo nos falta concreción para poder dar después verdaderas soluciones: hablamos del conflicto en general, pero debemos afinar más.

Para pensar en cuáles son los problemas más frecuentes de los que se discute con las personas adultas cuando se está en la adolescencia, vamos a hacer una dinámica en la que partiremos al grupo en dos subgrupos. A cada uno de los grupos se les asigna un rol: padres/madres e hijos/hijas. Se puede extender a otros grupos de adultos si se desea (profesorado, ámbito del deporte, familia extensa…).

A cada grupo se les pide que creen tarjetas con algunas ideas sobre los conflictos más comunes entre ambas facciones en la vida real: gastar demasiado, la desconfianza sobre las amistades, la hora de llegada… El grupo adulto escribirá tantas tarjetas como participantes tenga en modo “Que los hijos e hijas llegan tarde a casa” o “Que los hijos e hijas gastan demasiado” y el grupo de la gente joven escribirá cosas como “Que se ponen muy plastas y quieren saberlo todo”.

El juego consiste en que, solo por medio de mímica, un grupo tiene que conseguir que el otro adivine lo que pone en sus tarjetas. De hecho, las puntuaciones quedarán duplicadas, es decir, ambos grupos se llevan un punto si se acierta, de forma que haya cierto cooperativismo en el juego y no se produzcan boicots contra el equipo contrario.

Conocer las zonas de conflicto más habituales entre gente adulta y adolescentes no trae las soluciones, pero si tenemos algo más de luz sobre por qué o cómo se ha creado una situación problemática, nos colocaremos en mejor posición para afrontarla. De hecho, lo que acabamos de hacer es identificar algunas de esas áreas:

  • Las tareas domésticas.
  • Los horarios.
  • La ropa y la forma de vestir.
  • Las amistades y las relaciones.
  • El dinero.
  • La comunicación.

Pasamos a continuación a profundizar algo más en ellas, y esto puede hacerse en forma de participación grupal en el aula:

Las tareas domésticas

La casa es el lugar donde se dan con más frecuencia las relaciones adultos-jóvenes. Las familias viven en casas, donde es necesario realizar una serie de tareas y trabajos para sobrevivir y encontrarse a gusto, es decir, para comer, dormir, no pasar frío, poder sentarse a escuchar música, tener la ropa limpia... Las responsabilidades domésticas no solo son una tarea de todos los integrantes de la casa, sino que en el momento del reparto deben representar un lugar de lucha y cambio por construir una sociedad más igualitaria y justa.

¿Podéis pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríais resolverla de forma específica?

Los horarios

Los horarios son un problema importante en su doble vertiente: el reparto del tiempo personal y el tiempo de salida. En ambos casos suele haber mayor permisividad por parte de los adultos a medida que los jóvenes van siendo mayores, por la idea de que las cosas «que alguien tiene que hacer fuera de casa» aumentan con la edad. Es decir, durante cierto tiempo todas las necesidades que tiene una persona, por el hecho de no ser adulta, están solucionadas en casa. Lo que en cierta medida es cierto. Las necesidades de una niña de siete años y de una joven de diecisiete no son las mismas. Y una parte de las necesidades de la joven se resuelven fuera de casa (amistades, estudios...).

El conflicto está en el ritmo de progreso. Es decir, en cuándo es el momento de llegar más tarde, de irse de viaje todo el fin de semana, de dormir fuera o de programar las vacaciones propias.

El conocimiento y la comunicación son las mejores opciones y, sin embargo, en lugar de hablar se utilizan argumentos cruzados respecto a la inconsciencia de unos y la «mieditis» de otros. Una dosis adecuada de información y la elaboración compartida y responsable de las normas y límites de la organización familiar pueden «aligerar» esta zona de conflicto.

¿Podemos pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríamos resolverla de forma específica?

La ropa y la indumentaria

A todos nos importa cómo nos ven los demás y eso depende en parte del aspecto externo. La forma de vestir, la indumentaria, en definitiva la imagen, es un aspecto importante de las personas y una manera de identificarnos individual y grupalmente. La forma en que se viste una persona sirve para diferenciarla de los demás y también para asociarla con un grupo, igual que la música que escuchamos, los lugares a los que vamos o la bebida que consumimos.

Sin embargo, el color de una camiseta, el largo de una falda o lo espectacular de un pendiente son a veces razón suficiente para que surja una discrepancia o una discusión en casa. Muchas personas confunden su imagen con la de los que le rodean. De la misma manera que una madre se avergüenza de las «pintas» de su hijo un viernes, él se avergüenza del aspecto de ella para ir a una boda. Simplemente, no se entienden y tendrán que esforzarse por ponerse de acuerdo.

¿Podemos pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríais resolverla de forma específica?

Las amistades y las relaciones

Las relaciones en la adolescencia también suelen ser motivo de discusión. En dos sentidos: la valoración («No me gusta el Luisito ese») y en la comparación («Estás más tiempo con tus amigos y amigas que con nosotros»). En medio de este tipo de conflictos se entremezclan otros como el horario o el uso del teléfono, y todo se complica aún más. Por eso es importante tener al menos una idea aproximada de cómo lidiar con los conflictos por separado, antes de que se presenten de forma compleja, varios a la vez.

Para comprender por qué las amistades pueden ser un conflicto, hay que entender dos ideas sencillas: la pérdida de control afectivo y la novedad del cambio. Cuando de repente perdemos cierto grado de exclusividad en el cariño de alguien y descubrimos que hay muchas más personas en su campo afectivo es fácil reaccionar de forma torpe, y esto a veces les pasa a los adultos con los jóvenes. No quieren perderlos.

La segunda idea a tener en cuenta es complementaria. La pérdida de control afectivo por parte del mundo adulto se une a la admiración y la fascinación que la gente joven siente hacia sus nuevas relaciones. A veces, esa admiración es excesiva y viene combinada con el desprestigio de la visión que tienen sobre los adultos y adultas que hasta ese momento les han acompañado. El equilibrio se hace, entonces, fundamental.

La panda, las primeras relaciones sentimentales y las amistades ofrecen un mundo de relaciones «entre iguales» desconocido o aprovechado al máximo desde entonces. Es lógico que cuando nos encontramos con ello intentemos disfrutarlo a tope, y es fácil que parezca que las relaciones anteriores, mayoritariamente con gente adulta, han perdido importancia. Como en otros casos, los contactos y el intercambio sano y sincero pueden ayudar a que esta zona de conflicto reduzca su influencia en las relaciones con los adultos.

¿Podemos pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríais resolverla de forma específica?

El dinero

Para sobrevivir en la sociedad actual necesitamos dinero. Al no tener trabajo, los chicos y chicas jóvenes disponen habitualmente de poco dinero propio. Esta dependencia de la gente adulta crea un conflicto respecto a «cuánto» y «cuándo» se necesita dinero, porque además ahora parecen necesitar más dinero que los de hace 20 años.

Tenemos que tener en cuenta el cambio temporal en el valor del dinero («Yo antes con esto pasaba una semana»), la creatividad (se pueden hacer cosas que no cuestan dinero utilizando el gratuito cerebro), la rebelión (que supone no responder a patrones de consumo salvaje) o la autonomía (que intenta encontrar recursos propios a cambio de un esfuerzo mayor que pedir y pedir), entre otras soluciones creativas.

La dependencia económica de la gente joven puede ser un problema si el resto no sabe cómo tratarlo, pero sobre todo si la juventud no asume sus responsabilidades en el consumo y el gasto familiar y personal. Estas consideraciones pueden permitir un acercamiento diferente a la cuestión del dinero. La estrategia no es conseguir más dinero cada vez, pidiendo y pidiendo sino, por ejemplo, tener el suficiente para mantenerse en el nivel en el que podamos relacionarnos de forma satisfactoria con nuestros iguales o, de igual forma, gastar menos para no tener que necesitar más.

¿Podemos pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríais resolverla de forma específica?

La comunicación

La pretensión de que hablamos diferentes lenguajes y que por eso es imposible que nos entendamos, nace de una posición patosa y torpe ante las relaciones humanas. La comunicación entre las personas nunca es fácil al principio y mejora conforme nos vamos conociendo y entrenando más.

Las tres formas más sencillas para «cargarse» la comunicación entre dos personas son: suponer siempre que una conversación o una discusión no van a servir para nada, utilizar recursos que bloquean y dificultan la relación como el volumen de la voz, un lenguaje despreciativo, gestos agresivos, etc, y la incapacidad para ponerse en el lugar de la otra persona y entender lo que dice, piensa o siente y por qué.

¿Podemos pensar en alguna anécdota sobre este tipo de conflicto y cómo propondríais resolverla de forma específica?

Para profundizar más sobre este asunto, proponemos complementar la actividad con la que encontrarás en esta misma sección bajo el nombre de “Todo por ganar”.